martes, 28 de junio de 2016

Las otras islas

Para contar esta historia me gustaría volver a tener trece años, volver a esos días en los que no me interesaba la política ni la manera en que estaba dividido el mundo. Mi mundo era nuestra isla en el Delta, cada día de ese verano en el que conocí a Yagu, a Tatú y a Caroline (que, en inglés, se dice Carolain y con una erre distinta). En esos días, los ingleses eran solo Caroline y su papá, nuestros vecinos de la isla, no una nación que queda en otra isla muy lejana con reyes y primeros ministros, habitantes, soldados, y la idea, compartida por muchos, de que hay que apropiarse de partes del mundo que parecen no tener dueño.
Yagu y Tatú llegaron a la isla un jueves de enero, en el medio de nuestras vacaciones de verano. Mis hermanos y el hijo del doctor se bañaban en el río, pero a mí se me habían puesto los labios azules y mamá me había obligado a salir del agua y acostarme al sol. Los perros corrieron ladrando al muelle de los ingleses -le decíamos así porque era el muelle de la casa de Caroline y su papá y yo dejé el calorcito de las maderas y me levanté para ver quién llegaba. La colectiva aminoró la marcha y empezó las maniobras de atraque. Yagu estaba en el techo buscando la valija entre las cajas para el almacén, las bolsas de naranjas que la colectiva llevaba al Tigre y la torre de hueveras de cartón llenas de huevos frescos para el papá de Caroline. Tatú apareció por la popa de la colectiva, subió al muelle y atajó la valija que le tiró Yagu desde el techo. Era una valija verde, grande, pero él ni se tambaleó. La atajó, la bajó y se agachó a acariciar a los perros y a hablarles como si hubiera llegado sólo para visitarlos a ellos.
Todos nos quedamos mirando el desembarco de los recién llegados. Y esto fue lo que vimos, o, mejor dicho, lo que vi yo, porque los varones nunca parecían ver las mismas cosas que yo. Caroline apareció en el muelle en el momento en que Yagu saltaba del techo. Y Yagu aterrizó tan cerca de ella que casi la tocaba. Por un momento se quedaron los dos muy cerca, se miraron, se midieron, se gustaron tanto -vi yo que no se podían mover. Después, Yagu se alejó y se rió y dijo algo que no pude escuchar. Ella ni le sonrió. Era seca Caroline. Esa era la palabra que usaba papá. Seca. Como todos los ingleses, decía papá. El de la colectiva le pasó la torre de huevos a Caroline y la colectiva se alejó con su rugido. Los chicos aprovecharon las olas para tirarse al agua otra vez, pero yo me quedé mirando a esos tres ahí. A Caroline y a Yagu, que parecían hipnotizados, y a Tatú, con los perros; hasta el Negro, el perro más malo, lo saludaba como si se conocieran de toda la vida.
Ese es el principio de la historia: Tatú, Yagu y Caroline en el muelle, el sol caliente de enero, ella con la torre de huevos, Yagu con la valija verde, Tatú y los perros. Estábamos a un paso del cambio más grande de nuestra vida y no teníamos ninguna manera de saberlo.

Extracto del cuento Las otras islas, de Inés Garland (publicado en el libro Las otras islas, antología)


viernes, 25 de marzo de 2016

Erri de Luca

Soy un relator de voces

Para mí la escritura es una convocatoria de ausentes. Por ejemplo, mi padre, aunque no esté aquí, preside mi escritura. Entonces, cuando escribo convoco a estos ausentes que se fueron a esconder en otro lugar al que no puedo ir y los obligo a estar conmigo otra vez. Escribo una historia en la que ellos están por segunda vez juntos. No hay una tercera vez: la escritura cierra las cuentas con los ausentes. Hay otra posibilidad de encontrar a los ausentes, en el sueño, pero esas son visitas que no se pueden agendar. Llegan cada tanto y cuando vienen me hacen compañía por varios días. Con la escritura logro anticipar estos encuentros y hacerlos más frecuentes y que duren en el tiempo.

Nota completa: http://www.lanacion.com.ar/1880814-maximasde-un-obrero-escritor-lo-que-dejo-erri-de-luca

martes, 9 de febrero de 2016

Fuga de la muerte

Leche negra del alba la bebemos de tarde
la bebemos al medio día y de mañana la bebemos de noche
bebemos y bebemos
cavamos una tumba en los aires ahí no hay estrechez
Un hombre vive en la casa juega con las serpientes escribe
escribe al oscurecer a Alemania tu cabello de oro Margarita
lo escribe y sale de la casa y relampaguean las estrellas silba a sus perros aquí
silba a sus judíos allá manda cavar una tumba en la tierra
nos ordena ahora toquen música de baile

Leche negra del alba te bebemos de noche
te bebemos de mañana y al mediodía te bebemos de tarde
bebemos y bebemos
Un hombre vive en la casa juega con las serpientes escribe
escribe al oscurecer a Alemania tu cabello de oro Margarita
tu cabello de ceniza Sulamita cavamos una tumba en los aires ahí no hay estrechez
 
Grita hinquen más profundamente en el reino de la tierra los otros canten y toquen
echa mano del fierro en el cinto lo agita sus ojos son azules
hinquen mas profundamente las palas los otros sigan tocando música de baile
 
Leche negra del alba te bebemos de noche
te bebemos al mediodía y de mañana te bebemos de tarde
bebemos y bebemos
un hombre vive en la casa tu cabello de oro Margarita
tu cabello de ceniza Sulamita juega con las serpientes

Grita toquen mas dulcemente a la muerte la muerte es un maestro de Alemania
grita tañan mas sombríamente los violines luego ascenderán como humo en el aire
luego tendrán una tumba en las nubes ahí no hay estrechez
 
Leche negra del alba te bebemos de noche
te bebemos al mediodía la muerte es un maestro de Alemania
te bebemos de tarde y de mañana bebemos y bebemos
la muerte es un maestro de Alemania su ojo es azul
te dispara con bala de plomo te dispara certero
un hombre vive en la casa tu cabello de oro Margarita
azuza sus perros contra nosotros nos regala una tumba en el aire
juega con las serpientes y sueña la muerte es un maestro de Alemania
 
tu cabello de oro Margarita
tu cabello de ceniza Sulamita

De Amapola y memoria (1952). Poema de Paul Celan.

domingo, 17 de enero de 2016

CAVANTE, ANDANTE

A veces
soy la sedentaria.

Arqueóloga en mí hundiéndome
excavo mi porción de ayer
busco en mi fosa descubriendo
                                         lo que ya fue o no fue
soy predadora de mis restos.

Mientras me desentierro y me descifro
                                          y recuento mi antigüedad,
pasa arriba mi presente y lo pierdo.



Otras veces
me desencorvo con olvido
pierdo el pasado y soy la nómada.

Exploradora del momento que me invade,
remo sobre mi canto suyo
rumbo al naufragio en rocas del callar,
o atravieso su repentino bosque mío
hacia el claro de muerte.



Y a extremas veces
mientras socavándome
dscubro al fondo mi
fulgor inmóvil ojo
de cerradura inmemorial,

soy avellave en el cenit
                                                     ejerciendo
                              mi remolino.

Extraido del libro Región de fugas, de Amelia Biagioni (1995)

jueves, 8 de octubre de 2015

El primer hombre


“Fue en ese momento cuando leyó sobre la lápida la fecha de nacimiento de su padre, percatándose entonces de haberla ignorado. Después leyó las dos fechas, «1885-1914», e hizo maquinalmente el cálculo: veintinueve años. De pronto le asaltó un pensamiento que lo sacudió incluso físicamente. El tenía cuarenta. El hombre enterrado bajo esa lápida, y que había sido su padre, era más joven que él.


Y la ola de ternura y compasión que de golpe le colmó el corazón no era el movimiento del ánimo que lleva al hijo a recordar al padre desaparecido, sino la piedad conmovida que un hombre formado siente ante el niño injustamente asesinado, algo había ahí que escapaba al orden natural y, a decir verdad, ni siquiera tal orden existía, sino sólo locura y caos en el momento en que el hijo era más viejo que el padre. La sucesión misma del tiempo estallaba alrededor de él, inmóvil, entre esas tumbas que ya no veía, y los años no se ordenaban en ese gran río que fluye hacia su fin. Los años no eran más que estrépito, resaca y agitación, y Jacques Cormery se debatía ahora presa de angustia y piedad. Miraba las otras lápidas del entorno y reconocía por las fechas que ese suelo estaba sembrado de niños que habían sido los padres de hombres encanecidos que creían estar vivos en ese momento".

Fragmento de El primer hombre, Albert Camus 

jueves, 10 de septiembre de 2015

Los burros de Pilar Cortés

Azul vuelve y traza la línea. Calma. Verde. El borde de la línea traza: las orejas largas como el cielo que lo abarca. Vuelve verde y recorre el pelaje suave. Traza el negro y dibuja, raya, raya esos ojos. Dibuja esos ojos que te miran, más allá del instante en que te miran. Negro profundo traza la línea directo al corazón. Vuelve y esos ojos repliegan lo que no se dice: la cautela de ser burro y bello.

Verde. Verde. Blanco. Pasta lo que la línea trae con sutileza y vuelve el trazo a los naranjas. Andar así, con calma de burro. Violeta, lila arman la trama que orejas, ojos, rabo, morro y vientre salvaje la línea desarma. Porque los burros aman y resisten quizás más que lo que sueñan. Blanco, colorado, y finita la línea se vuelve para delimitar la exactitud de los crines. ¿Flores pastan? Cierta ternura, esos ojos descubren cuando sin querer negro apenas blanco trazan.

Blanco, negro las flores carga y pasta mientras rebuzna y ágil sombra de grises sus patas andan. Patas de burro, que pueden cruzar el mundo.

Cabeza adelante y verde. La trama se vuelve tupida como el pelaje que al tocarlo, suave, eriza la mano que traza.

Mordisco y arranca una parte de la verdad: andar con calma de burro, queriendo ser nada más que burro.

Una larga vida, dicen, los burros aman.


Mariana Chami
agosto 2015