Clarice Lispector, fragmento del libro Descubrimientos (Adriana Hidalgo, 2010)
jueves, 3 de octubre de 2013
No entender
No entiendo. Esto es tan vasto que supera cualquier entender. Entender es siempre limitado. Pero no entender puede no tener fronteras. Siento que soy mucho más completa cuando no entiendo. No entender, del modo en que lo digo, es un don. No entender, pero no como un simple espíritu. Lo bueno es ser inteligente y no entender. Es una bendición extraña, como tener locura sin ser demente. Es un manso desinterés, es una dulzura de estupidez. Solo que de vez en cuando viene la inquietud: quiero entender un poco. No demasiado: pero por lo menos entender que no entiendo.
sábado, 21 de septiembre de 2013
miércoles, 18 de septiembre de 2013
La mujer que escribió un diccionario
Por Gabriel García Marrquez
Hace tres semanas,
de paso por Madrid, quise visitar a María Moliner. Encontrarla no fue tan fácil
como yo suponía: algunas personas que debían saberlo ignoraban quién era, y no
faltó quien la confundiera con una célebre estrella de cine. Por fin logré un
contacto con su hijo menor, que es ingeniero industrial en Barcelona, y él me
hizo saber que no era posible visitar a su madre por sus quebrantos de salud.
Pensé que era una crisis momentánea y que tal vez pudiera verla en un viaje
futuro a Madrid. Pero la semana pasada, cuando ya me encontraba en Bogotá, me
llamaron por teléfono para darme la mala noticia de que María Moliner había
muerto. Yo me sentí como si hubiera perdido a alguien que sin saberlo había
trabajado para mí durante muchos años. María Moliner -para decirlo del modo más
corto- hizo una proeza con muy pocos precedentes: escribió sola, en su casa,
con su propia mano, el diccionario más completo, más útil, más acucioso y más
divertido de la lengua castellana. Se llama Diccionario
de uso del español, tiene dos tomos de casi 3.000 páginas en total,
que pesan tres kilos, y viene a ser, en consecuencia, más de dos veces más
largo que el de la Real Academia de la Lengua, y -a mi juicio- más de dos veces
mejor. María Moliner lo escribió en las horas que le dejaba libre su empleo de
bibliotecaria, y el que ella consideraba su verdadero oficio: remendar
calcetines. Uno de sus hijos, a quien le preguntaron hace poco cuántos hermanos
tenía, contestó: «Dos varones, una hembra y el diccionario». Hay que saber cómo
fue escrita la obra para entender cuánta verdad implica esa respuesta.
María Moliner nació en Paniza, un pueblo
de Aragón, en 1900. O, como ella decía con mucha propiedad: « En el año
cero". De modo que al morir había cumplido los ochenta años. Estudió
Filosofía y Letras en Zaragoza y obtuvo, mediante concurso, su ingreso al
Cuerpo de Archiveros y Bibliotecarios de España. Se casó con don Fernando Ramón
y Ferrando, un prestigioso profesor universitario que enseñaba en Salamanca una
ciencia rara: base física de la mente humana. María Moliner crió a sus hijos
como toda una madre española, con mano firme y dándoles de comer demasiado, aun
en los duros años de la guerra civil, en que no habla mucho que comer. El mayor
se hizo médico investigador, el segundo se hizo arquitecto y la hija se hizo
maestra. Sólo cuando el menor empezó la carrera de ingeniero industrial, María
Moliner sintió que le sobraba demasiado tiempo después de sus cinco horas de
bibliotecaria, y decidió ocuparlo escribiendo un diccionario. La idea le vino
del Learner's Dictionary, con
el cual aprendió el inglés. Es un diccionario de uso; es decir, que no sólo
dice lo que significan las palabras, sino que indica también cómo se usan, y se
incluyen otras con las que pueden reemplazarse. «Es un diccionario para
escritores», dijo María Moliner una vez, hablando del suyo, y lo dijo con mucha
razón. En el diccionario de la Real Academia de la Lengua, en cambio, las
palabras son admitidas cuando ya están a punto de morir, gastadas por el uso, y
sus definiciones rígidas parecen colgadas de un clavo. Fue contra ese criterio
de embalsamadores que María Moliner se sentó a escribir su diccionario en 1951.
Calculó que lo terminaría en dos años, y cuando llevaba diez todavía andaba por
la mitad. «Siempre le faltaban dos años para terminar», me dijo su hijo menor.
Al principio le dedicaba dos o tres horas diarias, pero a medida que los hijos
se casaban y se iban de la casa le quedaba más tiempo disponible, hasta que
llegó a trabajar diez horas al día, además de las cinco de la biblioteca. En
1967 -presionada sobre todo por la Editorial Gredos, que la esperaba desde
hacía cinco años- dio el diccionario por terminado. Pero siguió haciendo
fichas, y en el momento de morir tenía varios metros de palabras nuevas que
esperaba ver incluidas en las futuras ediciones. En realidad, lo que esa mujer
de fábula había emprendido era una carrera de velocidad y resistencia contra la
vida.
Su hijo Pedro me ha contado cómo
trabajaba. Dice que un día se levantó a las cinco de la mañana, dividió una
cuartilla en cuatro partes iguales y se puso a escribir fichas de palabras sin
más preparativos. Sus únicas herramientas de trabajo eran dos atriles y una
máquina de escribir portátil, que sobrevivió a la escritura del diccionario.
Primero trabajó en la mesita de centro de la sala. Después, cuando se sintió
naufragar entre libros y notas, se sirvió de un tablero apoyado sobre el
respaldar de dos sillas. Su marido fingía una impavidez de sabio, pero a veces
medía a escondidas las gavillas de fichas con una cinta métrica, y les mandaba
noticias a sus hijos. En una ocasión les contó que el diccionario iba ya por la
última letra, pero tres meses después les contó, con las ilusiones perdidas,
que había vuelto a la primera. Era natural, porque María Moliner tenía un
método infinito: pretendía agarrar al vuelo todas las palabras de la vida.
«Sobre todo las que encuentro en los periódicos», dijo en una entrevista.
«Porque allí viene el idioma vivo, el que se está usando, las palabras que
tienen que inventarse al momento por necesidad». Sólo hizo una excepción: las
mal llamadas malas palabras, que son muchas y tal vez las más usadas en la
España de todos los tiempos. Es el defecto mayor de su diccionario, y María
Moliner vivió bastante para comprenderlo, pero no lo suficiente para
corregirlo.
Pasó sus últimos años en un apartamento
del norte de Madrid, con una terraza grande, donde tenía muchos tiestos de flores,
que regaba con tanto amor como si fueran palabras cautivas. Le complacían las
noticias de que su diccionario había vendido más de 10.000 copias, en dos
ediciones, que cumplía el propósito que ella se había impuesto y que algunos
académicos de la lengua lo consultaban en público sin ruborizarse. A veces le
llegaba un periodista desperdigado. A uno que le preguntó por qué no contestaba
las numerosas cartas que recibía le contestó con más frescura que la de sus
flores: «Porque soy muy perezosa». En 1972 fue la primera mujer cuya
candidatura se presentó en la Academia de la Lengua, pero los muy señores
académicos no se atrevieron a romper su venerable tradición machista. Sólo se
atrevieron hace dos años, y aceptaron entonces la primera mujer, pero no fue
María Moliner. Ella se alegró cuando lo supo, porque le aterrorizaba la idea de
pronunciar el discurso de admisión. «¿Qué podía decir yo », dijo entonces, «si
en toda mi vida no he hecho más que coser calcetines?».
Nota publicada por Gabriel García Marquez en el diario El País (10/02/1981)
martes, 10 de septiembre de 2013
Los lugares comunes -por Andruetto-
“El único modo de evitar los lugares
comunes es mirando en profundidad, no se trata tanto de una cuestión de temas
sino de un modo de abordar lo que se mira. Si quieres mejores resultados,
prueba cavando en el mismo sitio, decía Yorgos Seferis. El lugar común está en
lo superficial, si ahondamos en “lo común” aparece lo particular. Mirado en
profundidad, nada de lo humano es común ni es ajeno. En la capacidad de
encontrar lo particular, de mirar con profundidad el corazón del hombre, está
la potencia de un escritor”.
María Teresa Andruetto
sábado, 7 de septiembre de 2013
León Ferrari
Hacer formas puras como una verdad
Hacer cosas confusas, intrincadas, escondidas, dentro de un espacio simple, como un dibujo en un rectángulo de papel, en un prisma de aire, en un cilindro; hacer cosas interiores, el contenido de un cuerpo, lo que se oculta bajo una piel, la confusión de los huesos y la sangre y los pensamientos; hacer formas puras como una verdad pero tacharla, retorcerla, matarla con otra verdad y con otra cada vez más inestable, insegura; poner un cubo brillante en un día feliz y esconderlo con los terrores, el aburrimiento y las borracheras; hacer la estratificación de nuestras sensaciones, de nuestros recuerdos, pero tomarlos en su origen y taparlos con otros días, semanas; que no se entienda nada; que no se encuentre aislada y limpia alguna miseria o algún amor o alguna forma clara, hacer este cuerpo lentamente, minuciosamente, un viejo olivo, un hormiguero, hacerlo de adentro para afuera, sumarle convicciones simples que nos parecieron eternas y enredarlas con las negaciones, y las dudas, la incomunicación. Usar cualquier material y cualquier escuela, una recta pulida, un pedazo de Altamira, un caño de plomo, una pesadilla. Empezar este trabajo cuando uno nace, clavar cuatro estacas como límites y allí todos los días ir tejiendo nuestra vida, convertirla en un volumen, sin sacar nunca nada, ninguna de esas primeras formas que nos apasionaron, geniales, y que ahora escondemos; no sacar nada, ninguna de las cosas repugnantes que pusimos ayer muy satisfechos, dejarlas allí a todas y colocar a su lado las formas maravillosas que se me están ocurriendo ahora; no tener miedo, no pensar en la unidad; hacer la no unidad, o no pensar en eso, ni siquiera plantearlo; aprovechar los cambios de nuestra sensibilidad, las idas y las vueltas desde el nacimiento a la muerte, y dejarlas allí, como si fuera hecho por otro. Como si fuera hecho por varios hombres; o mejor, hacerlo entre varios: diez o quince mujeres y hombres gesticulando y girando en torno de esta torre de Babel mientras cada uno agrega su invento, ese día de su vida, sin escuchar a nadie y enredándose con los figurativos, los concretos, los surrealistas, los informalistas y los pop, con los ingenuos y los angustiados, los felices y los moribundos, cada uno con su verdad, segura y universal tratando de meterla allí adentro, en esa Babel que todos hacen sin entenderse.
Esta es la presentación autobiográfica que León Ferrari escribió para acompañar a la foto de arriba, tomada por el fotógrafo Sameer Makarius en 1964 en su proyecto Retratos, publicado en libro por Vasari en 2007.
Publicado en el suplemento Radar del diario Página 12,
domingo 4 de agosto de 2013.
lunes, 2 de septiembre de 2013
Delicias del idioma II
"Los dos puntos sirven de entrada a las enumeraciones, a las explicaciones, a las ampliaciones de sentido. Son como una ventana abierta por la que puede penetrar cualquier cosa (...).
Hay escritores que se caracterizan por hacer un uso intensivo y concatenado de los dos puntos. Sus oraciones son con frecuencia como cascadas que desembocan unas en otras.
Precisamente este carácter fluido de los dos puntos, que parece que no interrumpen, sino que dejan paso, es el que ha servido para su entronización en una escritura que no quiere marcar jerarquías entre elementos, sino discurrir".
Fragmento del libro Perdón, imposible, de José Antonio Millán (Del Nuevo Extremo, 2005)
domingo, 1 de septiembre de 2013
Griselda Gambaro
–¿Vivir alejada de la ciudad favorece a un escritor?
–No podría asegurarlo, pero tengo mi casa en Don Bosco, y con jardín, que no es el de Luxemburgo. A los lectores del diario les recomendaría algo muy simple: plantar algo, lo que sea, radicheta, que crece rápido, para evitar el desasosiego y sentir que la tierra cuidada es generosa, cálida y agradecida.
Fragmento de entrevista a Griselda Gambaro (30/8/2013, Página 12)
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/10-29725-2013-08-30.html
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