La estrella había quedado parada en el aire, encima de una diamela, a pocos metros. Era muy bella, en verdad, plateada o de oro, celeste, con muchos picos y pisos, fija, y algo alada.
¿Su origen? Misterioso. ¿Había viajado por pura decisión? ¿Eligió ese jardín por casualidad? ¿Un niño diabólico le dio caza y la engarzó ahí, para darnos miedo, preocupaciones?
Ya la habíamos olvidado. Al ir por su lado ni la mirábamos.
El diamelo fue perenne en asombro y embrujo.
Ahora mismo, al ver que volvíamos a observar, echó un chorro de rositas blanquísimas, casi incandescentes, que nos salpicó los vestidos.
La estrella tenía siempre actividad, aunque no la mirásemos. Atraía desde lejos, alguna cosa, y hasta algún ser.
Esa noche hipnotizó una iglesia, le sacó una novia. La trajo desde lejos. La novia dejó altar, novio, padres, padrinos, dejó el porvenir; y se vino envuelta en halos blancos, la cauda larguísima que la seguía alucinada, el ramo una guía brillante, y el rosario.
Enderezó hacia nuestro jardín y la estrella.
Algunos clamaban, le advertían: -Vete, no te acerques...! Con un poco de voluntad te salvarías!
La novia se acercaba levemente sonriendo, pero muy seria y tiesa. La estrella se encocoró, ardía como nunca. La novia se acercaba, a través de monstruos, plantas, vecinos, luciérnagas, más y más.
La estrella la traía. Ella caminaba sin nunca llegar.
La estrella la traía más y más. La novia se acercaba con todos los ramos, pero sin llegar.
Entre la estrella y la novia hay sólo un paso desde aquel día, pero no se puede dar.
del libro La flor de lis (El cuenco de Plata, 2005) de Marosa di Giorgio